Monday, May 18, 2009

Promesas rotas

Note: The following is a Spanish version of the May 15 post, "Broken Vows."

La saga mediática del padre Alberto Cutié, el sacerdote de Miami que ha admitido tener una relación sexual con una mujer, y el caso de John Edwards, cuya infidelidad está siendo expuesta por su esposa Elizabeth en su gira para promover su libro “Resilience” (Capacidad de resistencia), tienen algo en común.

Ambos casos cuentan la historia de una infidelidad. Pudiera parecer que las similitudes terminan ahí. Pero no es así.

El libro de la señora Edwards pone énfasis en los efectos de una relación fracturada sobre el otro miembro de la pareja. Dice que esto a ella la ha cambiado. La simpatía del público se ha puesto generalmente del lado de la esposa traicionada, quien está librando una batalla contra el cáncer y además perdió a un hijo adolescente en un accidente de tráfico.

En la historia del padre Cutié, sin embargo, la simpatía parece encontrarse del lado del hombre que “la ha traicionado” en lugar de aquel/los que han sido traicionados – la gente en la iglesia.

En ninguno de ambos casos se trata solamente de una historia personal de estos dos hombres. Aun sin la notoriedad pública de ambos, las dos son historias tristes que nos afectan a todos; pues, parafraseando el poema “Ningún hombre es una isla” del poeta metafísico John Donne, “La infidelidad de los demás me empobrece”.

La mayoría de las mujeres se estremece por dentro cuando escuchan acerca de la infidelidad en el matrimonio de alguien a quien conocen. El temor es obvio: si le ha sucedido a ella, también me puede suceder a mí. Es un pensamiento que pone el alma intranquila y que hace que la mujer se pregunte si se puede confiar en alguien y si ella será la última en saberlo.

La situación del padre Cutié, sin embargo, encuentra reacciones diferentes. El apuesto sacerdote con aura de estrella de Hollywood, quien se ha convertido en una industria unipersonal de publicaciones y consejos, se ha convertido, para mejor o peor, en la imagen de la última salva dirigida en contra de la Iglesia Católica.

Cutié declaró en el programa Early Show de la cadena CBS que “no quiero convertirme en el “sacerdote que está en contra del celibato”. Creo que eso es desafortunado. Creo que es un debate que se está dando en nuestra sociedad y creo que ahora yo me he convertido en una especie imagen, de abanderado de esta postura”.

Puede que el padre no quiera ser la imagen de esto, pero parece haber quebrantado la primera regla para acallar los comentarios: permanezca lejos de los medios.

A los medios de comunicación les fascinan las historias de sexo e hipocresía y, cuando ambos convergen en la historia de un sacerdote infiel, los medios no conocen fronteras. El celibato se convierte en un chiste, en lugar de algo que merece respeto; en algo imposible, a pesar de los millones —posiblemente más—de personas que han vivido célibes durante siglos.

Y sin embargo, a pesar de lo que cada uno piense sobre el celibato, el verdadero asunto aquí es la infidelidad, el haber quebrantado un voto sagrado. Esta ruptura de la fidelidad tiene impacto más allá de la pareja a la que involucra.

La fidelidad quebrantada menoscaba no sólo a la pareja sino también a la comunidad en sentido amplio. John Edwards no hirió sólo a su esposa sino también a su familia, sus amigos y las personas que lo admiraban. Sembró una sombra de duda sobre su trabajo en favor de los pobres, aunque su esposa alabe abundantemente esos esfuerzos en su libro y en la promoción mediática que lo acompaña.

El padre Cutié también ha hecho daño a otros, incluyendo a toda la gente de la parroquia que él guió tan bien. Parecen estar aguantando bien mientras tratan con los medios afuera de la iglesia. Sin embargo, uno se pregunta acerca de las parejas a las que él preparó para un compromiso de por vida en el matrimonio, los niños a los que enseñó a no decir nunca mentiras, los feligreses enfermos a los que les dio seguridad sobre su lugar en el cielo.

El efecto de la infidelidad es profundo. Elizabeth Edwards lo expresa bien en su libro cuando escribe: “Soy una persona diferente ahora. Antes no estaba herida, no tenía miedo, no sentía incertidumbre y ahora siempre los sentiré”.

Uno no puede más que desearles bien a los Edwards y al padre Cutié en vista de sus debilidades y de sus fallos. No hay nada aquí de lo que sus enemigos, en la política o en la iglesia, deban mofarse. Sólo algo que lamentar — el profundo dolor que John, Elizabeth y el Padre Alberto están experimentando en sus propias vidas y la sórdida y prolongada pena evocada en las comunidades a su alrededor.

Nadie es una isla. La fidelidad quebrantada nos duele a todos.

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